lunes, 26 de diciembre de 2011

Diario de un Navegante. A modo de preludio.

La noche es mágica, o al menos me lo parece. Tendido en la cubierta cierro los ojos y escucho el mar, la mar, acariciando rítmicamente las bandas del barco. Ese sonido tan especial del agua golpeando en el pantalán; quizás porque uno se sabe en puerto provoca esa tranquilidad. A mi lado mi hijo duerme bajo el toldillo, una leve manta lo cubre. Lo miro y me emociona su belleza y su ternura, dibujada por ese bronceado tan especial del viento al navegar, ¡mi pequeño grumete cuanto te quiero!

De fondo una balada, la calma es perfecta. Miro al pasado y todo me resulta extraño, sinceramente no me reconozco. Tantas equivocaciones simplemente porque no se le puede dejar paso abierto a todo el mundo al camarote de nuestra emotividad.

Demasiadas travesías con marineros de agua dulce que andaban buscando la cantina en vez del mar. Demasiadas sirenas de piscina que no sabían ni cantar, lo supe desde la primera nota; pero lo cierto es que encallé.

No tengo el propósito de trazar un carta náutica perfecta, solo aprendí que hay que navegar por las estrellas, hermosa Casiopea, y no por las farolas de las calles de calma chicha y traicionera.

Miro a mi hijo, lo acaricio, me tumbo junto a él y siento el aire acariciándome, soy feliz.

Verano 2011

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